LECCIÓN DE APERTURA - SEMINARIO DE CADIZ Y CEUTA

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LECCIÓN DE APERTURA

C.E.T.

RETO, A LA PSICOLOGÍA MORAL,
DE LOS ACTUALES CAMBIOS SOCIO-CULTURALES


JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ INFANTE


 

LOS CAMBIOS SOCIOCULTURALES EXPERIMENTADOS.-
Al plantearnos la existencia de unos cambios experimentados por nuestra sociedad, nuestra cultura y el mismo hombre, en la época actual, se hace necesario mencionar cual era la situación previa a estos cambios, que a su vez obedecía a un cambio sufrido por la sociedad humana en su discurrir evolutivo incesante.
Si partimos de los cambios sufridos por el hombre en el Renacimiento, principios del siglo XV y siglo XVI, que implicaron su paso de la Baja Edad Media a la Edad Moderna, observamos, además de profundas modificaciones sociales y culturales, la aparición de una forma de pensamiento de particularísimo relieve: El Humanismo, que cambió profundamente la visión que el hombre poseía de sí mismo y de su mundo.
Salvo esta mención a este trascendental momento histórico de la humanidad como hilo conductor de nuestro discurrir expositivo, conviene puntualizar que el paso a la Edad Moderna conlleva la transformación de la sociedad preindustrial, eminentemente rural y tradicional, en la sociedad industrial y urbana, en la que irrumpe la revolución industrial e inicia su andadura el capitalismo. La Modernidad, además, implica la introducción de la Razón como norma social básica, cosa que se inicia mediante el antropocentrismo humanista renacentista.
Pero tampoco es esta época de la que vamos a partir para nuestras reflexiones, sino de momentos históricos posteriores como son la Postmodernidad, entendida como la sustitución de la sociedad industrial por la postindustrial e incluso la aparición de la también llamada Transmodernidad caracterizadora de la globalización. La globalización debe interpretarse como un producto de las nuevas tecnología de la comunicación, la actual dimensión de los mercados y la actividad geopolítica mundial.
Este será el entorno socio-cultural en el que se enmarcan los cambios a los que seguidamente nos vamos a referir y que tanto inciden sobre la esencia misma de lo humano.  
   En este contexto se va a producir, como no podía ser de otra manera, lo que siempre ha acontecido a la humanidad en los cambios de Era o en los ciclos históricos (TOYNBEE), una Crisis socio-cultural.
Toda Crisis implica siempre la urgencia de tener que tomas una decisión. Frente a la crisis hay que actuar, en definitiva es obligada la acción humana. Sin embargo, no se trata de desarrollar cualquier acción, sino de poner en práctica aquella que sea la mejor.
Y, ¿cómo saber cuál es la mejor acción a tomar frente a la Crisis? Para ello es imprescindible conocer suficientemente su estructura, sus características principales, sus consecuencias, etc., pero además, conviene contar con unos principios esenciales generales, unos principios éticos que nos permitan reformar o modificar e incluso sustituir, a aquellos que venían rigiendo la Sociedad, pero que están sujetos ahora a los avatares de la crisis planteada.
¿Podemos hablar de Crisis en la Era Postmoderna? Efectivamente puede hablarse de una auténtica Crisis. Se trata de una Crisis de particularísimas connotaciones, al tratarse no de una Crisis Monopolar, es decir, una crisis de un único sentido, sino de un conglomerado de Crisis que constituyen un entramado multipolar, frente al que no es fácil discernir cuál sea la mejor acción posible frente a ella.
La urdimbre de toda civilización se entreteje en torno a un entramado de ideas esenciales; también la crisis de una civilización se gesta y condiciona mediante el desmoronamiento, la pérdida del sentido de sus valores esenciales.
He aquí el dilema de nuestra Civilización: La Crisis Multipolar, -cuya característica básica viene dada por la pérdida de los valores esenciales- de la Era Postmoderna.
Estamos en una situación en la que podemos conocer la etiología de la Crisis en la que nos encontramos, incluso llegar a delimitar sus distintas subformas de expresión y las medidas terapéuticas que deben adoptarse frente a la misma, pero de lo que carecemos es de un ordenado plan de acción y, sobre todo, de la confianza en que seremos capaces de estructurar convenientemente esos valores primigenios, sobre los que dar adecuada respuesta a la referida Crisis; resultando así que, la ausencia de la necesaria terapéutica es precisamente, la causa y el mantenimiento de la Crisis.

CRISIS DE VALORES.-  
En el mundo de hoy la crisis de los valores no reside tanto en la desaparición de éstos, como en los profundos cambios ejercidos sobre su jerarquización. Lo habitual actualmente es que la sociedad alzaprime los valores materiales sobre los espirituales (morales), estructurándose así un modo de existencia regida por el tener.
El impacto que en nuestra sociedad han producido estos cambios es de tal naturaleza, que su impronta es fácilmente visible en múltiples facetas del acontecer humano. Como ejemplo, me van a permitir que les refiera algo que desde hace  algunos años se ha detectado por los psiquiatras en relación con la psicipatología de la depresión. Los cuadros depresivos graves se expresan clínicamente además de por un importante trastorno del humor, -representado por una peculiar forma de tristeza- y, por déficit psicomotores, que afectan a la mímica, la gestualidad y, en general, a la movilidad de los pacientes, también por alteraciones en el pensar que suelen adoptar tres formas temáticas básicas: la referida a la culpa, a la ruina y a la enfermedad corporal. Pues bien, en el hombre de hoy, la primacía de las ideas de ruina e hipocondriacas sobre las ideas de culpa, han hecho que cambie la clínica de los delirios depresivos, siendo sobreabundantes los referidos a la pérdida de los bienes materiales y a la salud física, mientras que han caído en picado estadísticamente, los hasta hace cuarenta o cincuenta años más frecuentes, las ideas delirantes de culpa.
Vemos pues, como la importancia de la modalidad existencial adoptada por el ser humano en nuestro tiempo, en la que predomina el tener sobre el ser y la inmanencia sobre la trascendencia, influye decisivamente, hasta en sus más genuinos modos de enfermar psíquicamente.
Pero sigamos analizando la referida crisis de valores, para lo que tenemos necesidad de referirnos a tres hechos de gran relevancia en el seno de nuestra cultura: Dos corrientes filosóficas y un proceso de cambio.
Uno de los puntales fundamentales de la Época Moderna lo constituyó el Racionalismo, que en la Postmodernidad se estructura sobre la base de un pensamiento materialista-mecanicista que deshumaniza las relaciones interpersonales.   El predominio de la razón instrumental (FERNÁNDEZ DEL RIESGO), que campea a sus anchas en nuestra cultura, no se puede argumentar sin más; su principal principio, el de la eficacia sin cuestionamiento de los medios y sin criticar los fines, es éticamente inasumible por los hombres de una Civilización que pretenda un desenvolvimiento aceptable de la existencia humana y, mucho menos, llegar a conseguir el sentido último de la misma (Eupraxia).
La razón instrumental es el fundamento de la tecnificación y la burocratización sin miramientos ético-morales de nuestra cultura y la matriz en la que se gesta la ciencia racionalista. No pretendemos efectuar una crítica a la ciencia de hoy, ni mucho menos, consideramos los avances científicos conseguidos como fundamentales para el normal desarrollo de la humanidad y de nuestra Civilización, pero por lo que sí abogamos es por una ciencia con conciencia, es decir, un conocimiento que nos permita dar sentido a la vida, que nos conduzca a alcanzar la felicidad humana, entendida como lo hacía ARISTÓTELES, como vida lograda, en cuanto vivencia del yo de que la vida vivida y contemplada desde una determinada perspectiva, ha sido un proyecto que ha salido bien.
Un proceso experimentado, en general, por nuestra Cultura, ha sido el de su Secularización, lo que es un hecho relevante y significativo del momento presente, que ha impreso una profunda huella a nuestra Civilización, reflejándose particularmente, en sectores del pensamiento occidental muy sensibles a este acontecimiento. Así, la Bioética comienza a secularizarse a partir de la década de los 70, pasando de estar basada fundamentalmente en la Teología, a ser dominada por la Filosofía y el Derecho.
Se crea, por una parte, una Filosofía Moral y, por otra, se considera al Derecho como fuente de la moralidad, cosa que nos obliga a reflexionar, por lo inadecuado que nos parece. En definitiva, como ocurre en el resto de nuestra Cultura, se impone un predominio de la Razón, también en el campo de la moralidad. Sin embargo, como afirma KÜNG (GAFO, J.: Bioética Teológica, p. 82): “Es difícil fundamentar una Bioética que imponga obligaciones incondicionales desde la pura razón”. Lo que no resulta complicado de entender si como puntualiza el mismos KÜNG (op. cit. p. 83): “El incondicional: “tú debes”, no puede fundamentarse en el hombre condicionado en todos los sentidos, sino únicamente en un INCONDICIONAL: Un ABSOLUTO capaz de comunicar un sentido transcendente y que comprende y penetra al hombre concreto, a la naturaleza humana y a toda la comunidad humana”.
De ahí que lo verdaderamente en Crisis en el contexto de la Teología Moral sea la religión institucional y no la religión como inspiradora y rectora del incondicional moral (KÜNG, op. cit. p. 83)
El planteamiento de exigencias éticas desde la Religión se sustenta sobre un principio de autoridad muy superior al de cualquier instancia simplemente humana (KÜNG, op. cit. p. 83).
El incondicional moral de la Religión trasciende siempre los principios fundamentales de la Bioética; así, el concepto bioético de “autonomía”, lo mismos que el de persona, se ven trascendidos por el concepto de hombre “hecho a imagen de Dios” aportado por la Religión; lo mismos que el concepto de “beneficencia” carece de  las implicaciones que entraña el del “amor al prójimo”. Como decíamos en otro lugar (Conferencia día de San Lucas, Facultad de Medicina de Cádiz, curso 2010-2011): El humanismo médico se remonta al siglo V antes de Cristo, cuando Hipócrates sitúa al hombre enfermo por encima de la enfermedad, sin embargo, se ve trascendido en el siglo I d. C., en un pasaje del evangelio de San Lucas, en el que se relata la parábola del “buen samaritano”.
Queda suficientemente evidenciado que la autoridad moral que la Teología entrañaba en el campo de la Bioética, no ha podido ser suplantado por el incondicional moral de la razón, en ese proyecto de secularización experimentado por la Bioética.
Pero ¿cómo se refleja esta secularización de nuestra cultura en el conjunto de nuestra sociedad? En primer lugar, instituyendo un “humanismo profano” que da paso, irremediablemente, a una concepción antropocéntrica en función de la cual el hombre es el ente creador de todo lo valioso, lo bello y lo útil del mundo. Para la moral antropocéntrica racionalista el comportamiento humano regido por la razón es fuente de toda significación. Se pierde así el valor trascendente representado por La Divinidad. La Religión pierde su trascendencia como inspiradora de la moralidad, pasando a ser un subproducto cultural, un producto más de consumo que se compra y se vende en el mercado cultural.
¿A qué ha conducido este proyecto secularizador propio de la modernidad?
En la época postmoderna hemos sido testigos de su estrepitoso fracaso. La humanidad postmoderna ha sido incapaz de crear una moralidad secular revelada y construida por y desde la razón exclusivamente.
Esta es la base del nihilismo imperante en la cultura postmoderna, al enfrentarse el hombre de hoy a la monumental catástrofe representada por el fracaso de las expectativas puestas en la omnipotencia de la Razón.
El gran dilema de la Psicología Moral actual es evidente, pues ni se ha vuelto a la consideración de Dios como principio rector de la  moralidad, ni a la Razón, por su incapacidad para suplantarlo.
La divergencia entre las convicciones morales es una regla imperante en la postmodernidad, lo que conduce, como afirma ENGELHARDT (Fundamentos de la Bioética, p. 21), a que, “si en circunstancias seculares no se puede derivar autoridad moral de Dios ni de la razón, sólo puede derivarse de los individuos”.
Pero volviendo a retomar el ya mencionado proceso de SECULARIZACIÓN, puede, hasta cierto punto afirmarse que, dicho proceso purifica a la Religión pues al perder su influencia sobre la función legisladora del poder social y político, se centra en su misión salvadora. Por otra parte, la religión se hace de este modo más libre y con más capacidad para adoptar un papel relevante en la crítica social, pudiendo además, defender con más fuerza a los débiles de los poderosos.
En el contexto de la sociedad postmoderna se impone significativamente el Relativismo o Subjetivismo sustentado por ese humanismo profano al que ya hemos hecho referencia antes.
Aunque la figura señera del Relativismo se remonte a los Sofistas, representados en este campo por Protágoras,  para quién “el hombre era la medida de todas las cosas” y siglos después sea desarrollada esta idea por Descartes (1596-1650), mediante su Cogito; cuando se generaliza como pensamiento socialmente dominante es en la postmodernidad.
Una forma de Relativismo es el Relativismo cultural para el que no existen verdades, ideas y valores universales para la Cultura, sino que éstos deben ser entendidos e interpretados en el ámbito de la cultura en que se dan y no en función de otra cultura.
Permítanme que en este punto me sirva de un ejemplo extraído de mi propia experiencia profesional como psiquiatra. Cuando en los años sesenta del pasado siglo irrumpió en el ámbito de la Psiquiatría una corriente de pensamiento a la que se denominó Antipsiquiatría, se pretendió además de cambiar el ya por entonces caduco modelo asistencial psiquiátrico, atacar sus fundamentos nosológicos básicos desde un planteamiento netamente relativista. Para los más conspicuos representantes del movimiento antipsiquiátrico –LAING, COOPER, BASAGLIA, etc.- se consideró que la más representativa de las entidades clínicas psiquiátricas: La Esquizofrenia, no era más que un constructo artificioso gestado en el seno de la cultura Occidental, carente por completo de los atributos definidores de una verdadera entidad nosográfica; convenían en que no se trataba de una auténtica enfermedad psíquica, sino de una “forma de contestación” del hombre occidental frente a una cultura dominada por  la burocratización y la tecnificación que favorecían su deshumanización. Este ataque frontal al corazón de la Ciencia Psiquiátrica implicaba además, un rotundo manifiesto “antisistema” contra los cimientos mismos de la sociedad y la cultura de Occidente que, aunque considerado como crítica social resultaba merecido en gran parte, en su vertiente psicopatológica resultaba falso y manifiestamente relativista. La investigación psiquiátrica transcultural y transhistórica se encargó de demostrar la inconsistente de las premisas conceptuales antipsiquiátricas, poniendo de manifiesto que lo nuclear de la psicopatología de la esquizofrenia –la pérdida de la actividad del yo- se daba por igual en los esquizofrénicos de todas las culturas. El carácter pansociocultural de la esquizofrenia es un hecho incuestionable que rebate de raíz el planteamiento sostenido desde el relativismo cultural antipsiquiátrico      
El Relativismo moral refuerza igualmente su subjetivismo al considerar que no existen normas con validez universal.
Los relativismos extremos propios de la postmodernidad han conducido a que lo que predomina en el hacer y el estar del hombre de hoy sea la “inestabilidad”, la “transitoriedad” para todo. Nada parece ser estable, todo está sometido a mudanza y a cambio. En tanto la verdad es un concepto relativo y manifiestamente subjetivista, puede estar sujeta a permanentes cambios, dependiendo de la subjetividad de las personas o de los grupos que la experimenten.
Esta temporalidad fugaz de casi todo no es de extrañar que se exprese en la mayoría de las actuaciones del hombre de hoy; así, la temporalidad en el empleo es práctica habitual en nuestra sociedad y, en general, en el conjunto de las relaciones interpersonales; los intercambios afectivo-sexuales están dominados por la fugacidad y la inestabilidad (parejas para unos días, incluso para unas horas); expresión del relativismo cultural son las costumbres cambiantes, la implantación de hábitos foráneos de exiguo uso. También en los grupos más amplios de población se observa esta temporalidad fugaz, acuerdos políticos que duran días u horas, relaciones internacionales que se volatilizan en poco tiempo, etc.         
Es propiamente la temporalidad misma la que se contrae en esta época hasta niveles insospechados hace unos años. Se nos suministran noticias e incluso imágenes en tiempo real, de hechos que se están dando a miles de Kms. de distancia.
También la espacialidad se ha modificado en nuestra época. Hasta casi mediados del siglo XX el espacio del hombre era perfectamente abarcable por él. El espacio urbano era el de nuestros pueblos con poblaciones de varios miles escasos de habitantes, que ha sido sustituido por los grandes núcleos urbanos, de millones de habitantes. Nuestro espacio se dilata, se universaliza. La contracción del tiempo y la dilatación del espacio favorecen una nueva cosmovisión que caracteriza lo que entendemos hoy como globalización. Podemos presenciar, generalmente, como espectadores impotentes, tragedias humanas en cualquier parte de nuestro mundo en el mismo instante en que se están desarrollando. Frente a ellas, suplimos nuestra impotencia con altas dosis de indiferencia, procurando además desnaturalizarla quitándoles su importante carga vivencial, para así transformarla en una experiencia psíquica carente de trascendencia.

RETOS PLANTEADOS Y SOLUCIONES POSIBLES.-

Estamos abocados a realizar un Segundo Renacimiento en el que, al igual que hicieron los hombres de los siglos XV y XVI volvamos a retomar los antiguos valores desde la perspectiva que nos impone nuestro tiempo. Esto no quiere decir que retrocedamos en lo conseguido, que perdamos un mínimo del evidente progreso alcanzado por nuestra civilización, sino que, en general, el progreso conseguido y el que inevitablemente se conseguirá, se enfoquen desde la perspectiva de una Psicología Moral que, valorando los medios para conseguirlos y los fines a alcanzar, favorezca la búsqueda conjunta por la humanidad del bien común.
Desde el punto de vista de la Psicología Moral se trataría de la puesta en práctica de un auténtico proceso de Reminiscencia (PLATÓN: El Fedón. Ob. Comp. 92 y siguientes), entendido como la recuperación de un saber esencial, primigenio, que recuperamos cuando lo ponemos en relación con algo; es así como frente a la Crisis, actualizamos unos conocimientos que estaban en nosotros olvidados, o para ser más exactos, suplantados por valores materiales. El evidente fallo de éstos últimos para poder salir de la Crisis obliga al hombre de hoy a actualizar los valores espirituales, o lo que es lo mismo, a aprender su auténtico valor y su verdadero sentido, en definitiva tendremos que concluir con Sócrates en “que la ciencia no sea más que una reminiscencia”  (op. cit. p. 97).
Este nuevo Renacimiento lo entendemos como una auténtica KÉNOSIS, un proceso de vaciamiento de todo lo artificioso y carente de sustanciación  trascendental y un ejercicio de reminiscencia para recuperar ese saber esencial y primigenio que representan los auténticos valores. Esto que para determinados sectores de la humanidad puede resultar utópico, no está tan lejos de poder ser alcanzado por el hombre de nuestra época. Veamos si no, lo que está ocurriendo en el núcleo mismo del pensamiento postmoderno.
Siguiendo el esquema expositivo consignado por A.F. ROLDÁN, en su texto: “Cómo volver a los valores éticos en la sociedad postmoderna” [w.w.w.teologos.com.ar], nos referiremos a tres importantes pensadores contemporáneos que nos facilitan las claves en este sentido.
Uno de los más significativos ideólogos de la postmodernidad JEAN-FRANÇOIS LYOTARD, en su obra ya clásica “La condición postmoderna”, nos llena de sorpresa y admiración cuando postula a la JUSTICIA como valor ético supremo. Al contrastar la JUSTICIA con el CONSENSO, no duda en relegar a éste frente a la JUSTICIA. Es más, considera al CONSENSO como un valor anticuado y sospechoso; incluso por qué no decirlo, en ciertas circunstancias pudiera llegar a ser incluso peligroso.
Sin embargo, el auténtico e inquietante planteamiento lo presenta LYOTARD cuando se pregunta sobre quién le da el valor a la JUSTICIA. A este respecto concluye LYOTARD que solo un Ser Absoluto puede dar su auténtico valor a la JUSTICIA. Y efectivamente, como ya hemos tenido ocasión de referir, siguiendo el pensamiento de KÜNG, el Deber incondicional no puede fundamentarse en la razón humana, sino únicamente en un incondicional: Un Absoluto capaz de darle un sentido trascendente. Ese Absoluto, DIOS es la única fuente de legitimación del incondicional JUSTICIA.
No podemos dejar de maravillarnos de cómo un pensador postmoderno con toda su carga ideológica y su actitud negativa frente a la Religión, considere a la JUSTICIA como el valor ético supremo, permitiéndonos concluir a nosotros, –LYOTARD no lo hace así- siguiendo el hilo conductor trazado por él, que DIOS es el legitimador único del mismo.
Otro cualificado pensador postmoderno, GIANNI VATTIMO, se pregunta ¿a dónde debemos retornar para encontrar los valores que necesita nuestro tiempo?, y su respuesta es contundente y apabullante, “a escuchar de nuevo la palabra evangélica”.  Esto lo afirma un crítico del Catolicismo. Pero más aún, es partidario de interpretarla como el mismo Cristo enseñó a hacerlo conforme al mandamiento supremo de la CARIDAD. Nos exhorta VATTIMO a aplicar al conjunto de la sociedad actual el AMOR implícito en la Caridad Cristiana.
Un último pensador, también referido por ROLDÁN, el español FERNANDO SAVATER, afirma con total contundencia: “Allí donde el AMOR se impone, la ética no tiene prácticamente nada que decir”.
Es muy significativo el  planteamiento de estos pensadores que, desde posiciones ideológicas no cristianas, abogan como solución para la CRISIS en que se encuentra inmersa nuestra sociedad actual, por la puesta en escena de valores defendidos siempre por la Religión de Cristo.
Si pasamos a considerar el ámbito de los pensadores católicos es fácil observar también, como todos ellos coinciden en la absoluta necesidad de una vuelta a los Valores por parte de la sociedad actual.
Concretando, el gran pensador y excelente teólogo HANS KÜNG, en su libro: “Proyecto de una ética mundial”, considera que en un mundo global, no se necesita una Religión unitaria, pero si es absolutamente necesario que se cuente con un conjunto de normas y valores comunes de obligado cumplimiento. Para él, un Mundo Global obliga a una Ética Global. Si esto no tiene lugar se verá muy cuestionada la supervivencia de los seres humanos.



RESPUESTAS DE LA MORAL CRISTIANA.-

Se trata, como decíamos, de no retroceder en lo alcanzado por el ser humano en el curso de su humanización, sino de ver este proceso a la luz de la palabra evangélica, integrando los Valores Cristianos en su progresión. [TRANSMODERNIDAD]
DIOS en su inmenso amor al Hombre, ha depositado en sus manos la responsabilidad de organizar y orientar la realidad que conforma su mundo y su vida, pero no por eso ha abandonado  al Hombre a su suerte. DIOS acompaña al Hombre en esa aventura trascendente, siendo así nuestro compañero de viaje que “sufre” con nosotros siguiendo el curso del proceso de humanización hasta que desemboque en la plenitud de DIOS. La Fe Cristiana refuerza de este modo el concepto de SACRALIDAD del ser humano. [“RES SACRA HOMO”  expresión de los romanos].  
Para JOSE MARÍA MARDONES, se impone un CRISTIANISMO ENCARNADO entendiendo como tal el vivir la Causa de DIOS en la Causa del Hombre en nuestro mundo emancipado.
El cristiano de hoy debe poder trasmitir la “experiencia de DIOS” que siempre estará con el hombre sufriente, cuyo rescate implica que todo cristiano favorezca las condiciones que faciliten el desarrollo humano integral que abarque a todos los hombres, con independencia de   la fe que profesen y de las ideologías que sigan.


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